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Alexei Nicholaevich tenía entonces nueve años y medio, y era más bien alto para su edad. Tenía una cara larga, finamente cincelada, semblante delicado, cabello castaño con destellos cobrizos, y grandes ojos azul-gris como su madre. Disfrutaba de la vida completamente – cuando se lo permitía – y era un muchacho feliz y juguetón. Muy simple en sus gustos, no sacaba satisfacción falsa alguna al hecho de que él era el Heredero – no había nada que pensara de menos sobre eso – y su mayor satisfacción era jugar con los dos hijos de su marinero Derevenko, ambos más jóvenes que él.

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