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Trece Años en la Corte Rusa por Pierre Gilliard

Alexei Nicholaevich tenía entonces nueve años y medio, y era más bien alto para su edad.  Tenía una cara larga, finamente cincelada, semblante delicado, cabello castaño con destellos cobrizos, y grandes ojos azul-gris como su madre.  Disfrutaba de la vida completamente – cuando se lo permitía – y era un muchacho feliz y juguetón.  Muy simple en sus gustos, no sacaba satisfacción falsa alguna al hecho de que él era el Heredero – no había nada que pensara de menos sobre eso  – y su mayor satisfacción era jugar con los dos hijos de su marinero Derevenko, ambos más jóvenes que él.

Tenía un razonamiento muy rápido y una mente aguda y penetrante.  Hubo veces que me sorprendía con preguntas que no representaban su edad las cuales testificaban a su delicado e intuitivo espíritu.  No tenía dificultad en creer que aquellos que no eran forzados, como lo era yo, para enseñarle hábitos disciplinarios, pero que podían sin reservación disfrutar de su encanto, caían fácilmente  bajo su embrujo.  Detrás de aquella pequeña criatura caprichosa que había conocido al principio, descubrí a un muchacho de una disposición cariñosa natural, sensible al sufrimiento de otros porque él mismo había sufrido tanto.  Cuando esta convicción se había plantado en mi mente, me llené de esperanza para el futuro.  Mi trabajo hubiera sido fácil sino fuera por los que rodeaban al Tsarevich y a su ambiente.


 


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